Durante años, cuando una empresa solicitaba financiación, la conversación giraba alrededor de las mismas variables: facturación, rentabilidad, endeudamiento o capacidad de devolución. Esos factores siguen siendo fundamentales, pero poco a poco están entrando en juego nuevos elementos que hasta hace poco apenas se tenían en cuenta.
No se trata de un cambio repentino ni de una exigencia que vaya a afectar mañana por igual a todas las empresas. Sin embargo, la tendencia es clara: la sostenibilidad empieza a formar parte de las conversaciones sobre financiación.
Para muchas pymes, esto plantea una pregunta razonable. ¿Qué relación existe entre la sostenibilidad y el acceso a financiación?
¿Qué es la financiación sostenible?
De forma sencilla, la financiación sostenible engloba aquellos productos financieros destinados a apoyar proyectos o actividades que generan un impacto positivo desde el punto de vista ambiental o social.
Aunque durante años estuvo asociada principalmente a grandes empresas y proyectos de gran tamaño, cada vez son más las iniciativas dirigidas también a las pymes. De hecho, en los últimos años han surgido nuevas líneas de financiación vinculadas a proyectos de eficiencia energética, energías renovables, reducción de emisiones o mejora de procesos productivos.
Más allá de estos productos específicos, hay otro fenómeno que merece atención: algunas entidades financieras están empezando a incorporar factores relacionados con la sostenibilidad dentro de sus procesos de análisis de riesgos.
¿Por qué los financiadores empiezan a fijarse en estos aspectos?
La respuesta tiene más que ver con la gestión del riesgo que con una cuestión de imagen.
En enero de 2025, la Autoridad Bancaria Europea (EBA) publicó unas directrices para ayudar a las entidades financieras a integrar los riesgos ambientales, sociales y de gobernanza (ESG) en sus sistemas de gestión y supervisión. Estas directrices buscan que bancos y entidades financieras comprendan mejor cómo determinados factores pueden afectar a la actividad de las empresas y, en consecuencia, a su capacidad para cumplir con sus compromisos financieros.
Por ejemplo, una empresa con un elevado consumo energético puede verse más expuesta a incrementos de costes. Del mismo modo, determinados sectores pueden verse afectados por cambios regulatorios, exigencias de clientes o nuevas obligaciones medioambientales.
Desde el punto de vista financiero, disponer de esta información permite evaluar mejor los riesgos a medio y largo plazo.
Qué información se solicita a las pymes
No significa que una pequeña empresa tenga que elaborar complejos informes de sostenibilidad o dedicar recursos que no puede asumir. En la mayoría de los casos, hablamos de datos relativamente básicos que ayudan a conocer mejor la realidad del negocio.
Uno de los aspectos más habituales es el consumo energético. Conocer cuánta energía utiliza la empresa y cómo ha evolucionado en los últimos años puede aportar información relevante sobre eficiencia y costes futuros.
También pueden cobrar importancia cuestiones relacionadas con las emisiones, especialmente en actividades industriales, logísticas o vinculadas al transporte.
La gestión de residuos, el consumo de agua o la implantación de medidas de eficiencia son otros ejemplos de información que algunas entidades empiezan a valorar.
Pero la sostenibilidad no se limita al ámbito ambiental. Aspectos como la estabilidad del empleo, la formación de los trabajadores, la seguridad laboral o determinadas políticas de cumplimiento interno también forman parte de la fotografía global de una empresa.
La sostenibilidad también se mide
Muchas pymes ya están realizando acciones que encajan dentro de los criterios de sostenibilidad sin ser plenamente conscientes de ello.
Han reducido consumos energéticos, instalado sistemas de autoconsumo, mejorado procesos para generar menos residuos o implantado medidas para mejorar las condiciones laborales de sus equipos.
El problema aparece cuando llega el momento de acreditar esos avances. No siempre existen indicadores claros, registros históricos o información organizada que permita demostrar qué mejoras se han conseguido y cuál ha sido su impacto.
Y eso puede convertirse en una dificultad, no porque la empresa no esté haciendo las cosas bien, sino porque resulta complicado trasladar esa realidad a terceros.
Por este motivo, cada vez más expertos recomiendan empezar a recopilar determinados datos de forma sencilla y progresiva. No se trata de generar más burocracia, sino de disponer de información útil para la propia gestión de la empresa y para responder a futuras solicitudes de clientes, proveedores o entidades financieras.
Una tendencia que las pymes no deben perder de vista
Hoy en día, la financiación sigue dependiendo principalmente de factores económicos y financieros tradicionales. La rentabilidad, la solvencia o la capacidad de generación de caja continúan siendo determinantes en cualquier operación.
Sin embargo, el entorno empresarial está cambiando. La regulación europea avanza, las entidades financieras adaptan sus procesos y cada vez más empresas incorporan criterios de sostenibilidad en sus decisiones de compra y contratación.
En este contexto, empezar a medir determinados aspectos relacionados con el consumo de recursos, la eficiencia o la gestión interna puede ayudar a las pymes a anticiparse a futuras exigencias y afrontar con mayor preparación los procesos de financiación.
No porque la sostenibilidad vaya a sustituir a los indicadores financieros tradicionales, sino porque cada vez parece más evidente que ambos ámbitos van a convivir durante los próximos años.